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8.30 de la mañana, bajo al andén del Metro, ops , ¿cuanta gente?

Evidentemente viene hasta los topes, pero claro, si lo dejo ir, llego tarde, así que mil personas y yo mas decidimos que hemos de entrar aunque sea a fuerza de apretujar, y yo que soy como una lagartija consigo entrar hasta el fondo del vagón donde diviso un espacio entre 2 personas y allí me quedo, aferrada a mi libro ,“Rayuela” para mas señas, intentando mantener el equilibrio por que el inútil de al lado decide que con las piernas abiertas tiene mas sujeción, que no las cierra y que ya le puedo pisar que ni se inmuta.

Claro esto solo es el principio después de mi estación vienen como 4 más , y la gente sigue entrando,¿ que no ven que no cabe nadie mas?, pues nada, que seguimos “pa” sardinas, entre tanto el g….ollas de mi lado que debe ser del género inmutable sigue con la suya, debe pensar, este espacio es míooooooo y no hay nadie que me lo quite, así que acabo metiéndole el pie entre sus piernas y rezándole a todos los santos que por un frenazo del tren no nos caigamos los dos al suelo y aún me acuse de violación de su espacio o de intento de asesinato.

Lo peor no acaba aquí pues sólo vamos por la tercera estación, todavía entra mas gente y ya somos mas de uno los que estamos desesperados de la vida. En eso que por alguna fuerza extraña, dígase 1000 personas donde solo caben 500, acabo emparedada entre un buen mozo de mas o menos 1.70 y un buen señor a mis espaldas de 1.80, el libro a hacer puñetas, vamos protegida me sentía, caeerme no me iba a caer, balancearme al vaivén del metro ni me atrevía, no fueran a mal pensar, claro que también podría mal pensar yo, me he sentido como la sardina de un bocadillo o como una sardina en lata, una “pa qui la otra pa allá”, bien apretujaditas.

Cuando hemos llegado a nuestro destino, en esa estación nos bajamos ciento y la madre, ha habido una explosión, eso si, una explosión de sardinas